Un recorte

Cuando uno cree tener algo para decir es, por lo general, porque algo le preocupa. Y para darle forma a esa preocupación me ocupo de hacer un recorte, y tal vez así tenga una chance de tocar las preocupaciones de quienes lo reciben.
Hago una pausa sobre mi nota anterior ante la no-indiferencia de lo que sucede en el campo social en América Latina. Una América Latina “convulsionada”, describen. Si ustedes vieron en vivo o en películas convulsionar a una persona, de cualquier manera que se la describa no podrían circunscribir allí, ni por asomo, que exista un pensamiento. Allí no tiene lugar el acto de pensar. Esto ya es decir bastante.
El psicoanálisis nunca está ajeno a estos acontecimientos ya que forman parte del modo de vivir actual. (De lo contrario los analistas seguiríamos realizando nuestra práctica como se hacía en el siglo XVIIII). Y este modo de vivir tiene sus consecuencias lo queramos o no. Lo quieran o no aquellas personas que se declaran “ajenas a la política” porque lo quieran o no se verán tocados por los acontecimientos de la época.
Retomo el lazo social al que hice referencia en mis interrogantes anteriores.
Para clarificarlo debo referirme al modo en que ubica el psicoanálisis la noción de “lazo” y los elementos a tener en cuenta cuando mira los fenómenos sociales desde su propio basamento. Recordemos que el inventor del psicoanálisis teorizó su “revolución” en el pensamiento de la época durante la segunda guerra mundial bajo su condición de judío. Nada menos. Revolución que tuvo que ver con lo que se consideraba como desorden mental y sus “curas”. Particularmente agresivas. 
El lazo social tiene una relación con el lugar y el sitio. Parecen lo mismo pero no lo son. El lugar viene primero. Cuando hablamos del nacimiento de un niño hay un lugar que lo precede, que existe antes que él. Él no lo crea y, una vez nacido ocupa su sitio. Su sitio en la especie humana, para comenzar. Entonces se puede ver con más claridad la diferencia entre lugar y sitio y, a la vez, el lazo entre los dos. Me inclino por dar un ejemplo un tanto simpático: Si ustedes van al cine el lugar ya existe y se dice por ejemplo que la sala tiene una capacidad para cuarenta personas. Tiene cuarenta lugares, cuarenta asientos y en su entrada –si están numeradas- figura el nombre del sitio que tienen designado. Esto les da derecho a ocupar su sitio. Entonces cuando se sientan en su lugar ustedes inscriben su sitio escrito en la entrada. Y si vieran un asiento desocupado es porque nadie se ha inscripto en él. Y para dar un ejemplo no tan simpático y actual, en este 2019, en Bolivia hay un lugar que hasta el día de hoy se encuentra vacío. Y en los noticieros se preguntan: ¿y ahora quien va a inscribirse en él, quién será el que ocupe el lugar? Ahí llueven sobre nuestros oídos un montón de suposiciones y sospechas. Dependerá de quienes hablen al respecto. (Y, como acabo de escuchar, ese lugar, el de la presidencia, se acaba de ocupar por una senadora que bajo este nombramiento tomará su sitio hasta nuevo aviso).
Continúo, a veces los acontecimientos tienen la forma de una tragedia. La tragedia de una convulsión. Aprovecho para dar cuenta de otra idea que se desprende de esto: el sitio está envuelto en cuestiones de sustitución o también de exclusión. Hoy Juan compra la entrada que fija su sitio y luego en la siguiente función Pedro compra el suyo -si me permiten la simplicidad- es decir que esto va de a “uno”, si no se fija el sitio en cada función Juan tendría que sentarse arriba de Pedro. Por eso en el lugar ubicamos lo múltiple: Pedro, Juan, etc. Entonces, la secuencia. Lo que quiero resaltar, -a fin de no desviarme de la orientación del comentario uno- es que el lazo entre el sitio y el lugar designan un orden, un ordenamiento de las “cosas” para que se coordinen. Cuando peleamos por un sitio surgen los problemas, que pueden llegar a tragedias. El lugar es en cambio más pacífico. 
Esta trayectoria se me impuso para intentar algunas respuestas sobre lo que expuse en una pausa de esfuerzo.
Guerras, luchas, peleas hubo siempre. Mi pausa como analista significa encontrar (para mí) “lo nuevo” en la modernidad que contiene un ritmo acelerado de la existencia, un mundo regido por el criterio de utilidad directa en que la tecnología nos hace correr para “estar al día”. Una primera consecuencia: la sensación de asfixia que en diferente medida esto le provoca a cada uno.
Para finalizar: así como existe el bien decir y el mal-decir hay una apariencia de un anhelo de bien vivir que se traduce en un mal-vivir. Lo que Freud llamó en su momento: “El malestar en la cultura”.

¿Será éste el encuentro de un “plus” en dicho malestar? Habrá que someterlo a prueba. ¿Hay un aumento del “desencanto del mundo” como decían los sociólogos, en especial Max Weber?